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Incondicionalidad: Adjetivo.

  • Absoluto. Sin restricción alguna.
  • Una forma de amor

Ej: Amistad incondicional.

 

 

Creo que el diccionario lo dice en pocas palabras, porque la incondicionalidad es algo más de sentir, que de decir.

Y si vos, así como yo, has tenido la fortuna de contar con un amigo peludo… definitivamente sabés qué es eso.

 

Recuerdo que durante mi infancia y alguna parte de adolescencia, siempre quise tener un perrito en casa.

Y aunque tuve conejos, tortugas, pollitos -y hasta un pato- esa fue una dicha que nunca se me concedió.

 

Mis papás decían que los perros no eran para tenerse en casas, sino en fincas. Además de escuchar un par de veces, la historia de sufrimiento de mi papá, al perder en su juventud a ese perro que fue su mejor amigo.

 

Yo había dado esa “batalla” por perdida y simplemente gozaba de uno que otro perrito, que veía por ahí.

 

Sin embargo, a mis veintitantos años, la felicidad de tener una “mascota” (aunque sé que definitivamente ellos son mucho más que eso), llegó de cuenta de mi hermana menor.

 

Por alguna razón, mis padres le prometieron que si ganaba el año (¡ojo! Solo que si lo ganaba. No necesariamente debía ser excelente o destacada) podría tener uno. Y aunque yo siempre tuve buenas notas, para mí, ese no fue un premio a tener en cuenta.

 

Llegó el día y fuimos mi hermana, mi papá y yo, al centro de adopción: La Perla.

 

Allí, montones de perritos nos miraban emocionados, mientras movían exageradamente su cola. Hasta que llegamos a una “celda”, en la que un perrito de color negro, empezó a morder a los demás solo para llamar nuestra atención.

A cada uno de los perros que estaban a su alrededor, les quitaba del lado, para él estar en el centro.

 

Mi papá, sin dudarlo, dijo: –“Ese es. Miren cómo tiene de energía.”

Mi hermana y yo, nos miramos algo asustadas y decidimos elegir a otra perrita, que estaba cerca. Definitivamente, no queríamos un tosco y grosero perro.

 

Sin embargo, al realizar la revisión de ese “animal”, nos indicaron que tenía una enfermedad que la hacía “in-adoptable”. Así que decidimos a hacer caso a la elección de mi papá.

 

El día que él llegó a casa, estuvo lleno de expectativa. Por primera vez, tendríamos un amigo de cuatro patas en casa.

Vimos en él  tantísima energía desbordada -casi como una especie de locura- junto a unos bigotes desordenados, que propuse el nombre: Dalí.

 

Dalí. Cómo ese loco artista, algo excéntrico, pero lleno de creatividad.

Dalí. Simple, sonoro. Él.

 

Sus primeros días en casa fueron una difícil adaptación. Dalí manifestó todos sus miedos, con agresividad.

Ladrar, gruñir, morder, aislarse.

Tan duro fue, que incluso pensamos en “devolverlo”, alegando que era un animal no apto para convivir con humanos.

Y es que al momento de adoptarlo, ya nos habían preguntado si estábamos seguros de esa decisión.

Aunque este tipo de perritos no puede ser devuelto, una vez adoptado, Dalí tenía todo un “historial delictivo” que le precedía.

Comía pájaros, dañaba muebles, había mordido a una persona… y ni recuerdo cuántas cosas más.

Es decir, ya había sido devuelto  -de manera justificada- por otra familia.

Ahora, estaba con nosotros y debíamos asumirlo.

 

Después de unas semanas, varias conversaciones familiares y muchas lagrimitas, decidimos que Dalí se quedaría y le enseñaríamos lo que significaba vivir en familia.

 

Y créanme que durante los 6 años que nos acompañó, fue él quien nos enseñó a hacerlo.

 

Siempre fue un “callejero” de corazón.

Amaba darse unas “escapaditas” en libertad, buscar manjares alimenticios en la basura y ladrar a cualquier perro que se nos acercara.

Aún cuando él era un “enano gareto”, tuvo delirios de pitbull.

Él era nuestro guardián. Nuestro “corcel indomable”.

 

A pesar de nuestros temores por su “personalidad” explosiva, cuando nuestras sobrinas nacieron, él nos dio una lección de nobleza.

Fue cuidadoso, respetuoso y hasta dejaba que le jalaran su cola, sin chistar.

Él sabía que ellas también eran parte de la familia y él era su cuidador.

 

Imagínense que incluso, cuando me fui a vivir fuera de casa de mis papás, las visitas eran unos momentos emocionantes.

Cada vez que escuchaba el timbre y mi voz de fondo, hacia vueltas, daba saltos y meneaba su cola como un ventilador.

¡Nunca he visto a nadie con tanta emoción al verme!

 

…y podría quedarme por horas, contando historias hermosas y divertidas sobre él…

Todas, mientras las lagrimitas me llenan el hueco grandote que siento porque ya no está.

 

Ayer, después de un par de semanas con síntomas extraños, murió camino a la veterinaria; en brazos de mi hermana. Y por más que “corrí” todo lo que pude en el carro, nada más pudimos hacer.

Él, llegó sin signos vitales…

 

Muchas veces,  pensaba que era algo extraño cómo ciertas personas podían generar una afinidad tan grande con los perritos. No entendía muy bien sus acciones y reacciones.

Hoy, lo entiendo.

 

Es que las “Mascotas”, son “Maestros”.

Son tantas las cosas que nos vienen a enseñar…

 

Mi papá ayer nos dijo que las principales enseñanzas de Dalí fueron : La obediencia, el silencio y el amor.

 

Yo, puedo decirles que el amor sí que puede transformar.

En él lo hizo… en nosotros también.

 

Para mí, Dalí siempre será la mejor muestra de incondicionalidad.

Tan incondicional, como lo es y será siempre la familia.

 

Gracias Dalí.

¡Bienvenido al cielo de los perritos!

Seguro allá, estás corriendo con mucha felicidad.