Seleccionar página

Resulta que aquí estamos, como típicas viejas (o seres humanos, pues no es sólo cuestión de género) hablando con la pareja y sintiéndonos mal por no haber sido las primeras, las mejores y/o las únicas en alguna historia o experiencia vivida por el otro.

 

Algo así como si quisiéramos borrarles la memoria y que nos repitan ese cuento de: “Yo nunca había hecho esto”, “Ha(s) sido la mejor de todas”, “No hay nadie más con quien me haya sentido igual”…(blah blah blah.. *chorrean babas mientras dicen eso…)

 

¡Y ojo!, no quiero decir que no crea en ninguna de esas frases, además porque parece que me hubiera tragado un peluche la mayoría del tiempo.  Lo que sí quiero decir es que andamos montados en una película muy rara, en la que no le damos ni medio espaciecito a la realidad, y en la que siempre andamos creyendo que sólo se valen aquellas primeras veces y que, además, son las únicas que se aprecian de verdad.

 

Pero no necesariamente!

 

Les tengo una historia de una primera vez, de la que puedo asegurarles, que no fue la mejor.

Antes que empiecen a pensar en modo “triple equis”, déjenme desilusionarlos un poquito y ubicarlos en el 2002.

Imagínese a una mona “pelona” (pelo largo) de 15 añitos, un poco más flaca de lo usual y que parecía más bien de 12 años.

Súmele a eso que era más cuidada por los papás que un verraco, que el porcentaje de amigos del género femenino vs. el masculino era 99% a 1%, y que las oportunidades de socialización extinguía ese 1% casi hasta desaparecer.

 

Sin embargo, para esa época, había un evento social infantable y la oportunidad perfecta para la interacción: Los quinces!

Y aunque no recuerdo muy bien el cómo, ese fue el escenario en el que conocí a un chico que mostraba interés por mí.

 

Para mis amigas, era la historia del momento y también su deseo grande de qué por fin, tuviera el primer noviecito y les empezara a equilibrar esa ventaja que ellas llevaban viviendo como desde los 11 años. Por supuesto, ellas empezaron en labor de cupido: mensajes a mí, mensajes a él, hablarle bien del uno al otro  y pura labor de “televentas”.

 

Luego de eso, una visita en sala de casa (la mía), chocolates, perfume, pinta dominguera y la expectativa de lo que iba a pasar.

 

Yo tenía tanto calor del susto, que me tocó llevarlo al balcón a conversar para poder darme una “ventiadita”. Y en medio de eso, del hablar como gagos y hacer cara de pendejos, las siguientes palabras pronunciadas por él: “Me gustaría darte un beso”.  A eso, mi muy particular respuesta: “Sí, pero si somos novios”.

…Y en 5, 4, 3, 2 ,1, la historia de mi primera vez, resumida en unas cuantas palabras:

 

Inspección lingual de garganta, ¡muy profunda! ( y no me ahogué)

Para rematar, asumir la responsabilidad que tras esa no muy agradable experiencia, ya le había dicho que éramos novios.

 

Duración total del noviazgo: 15 días. Y si tú, mi querido Don primera vez, lees esto por esas “casualidades” de la vida. Déjame decirte que me caíste bien, sólo que eso de los besos con primerizas no era lo tuyo y, definitivamente, tampoco lo mío.

 

Mi aprendizaje para la vida:

Hay que dejar de sobre valorar las “primeras veces” pues usualmente el sabor rico de la vida, lo da la experiencia y el entender cómo hacer algo, cada vez mejor.

 

Y tranquilo(a), dese la oportunidad de equivocarse y cagarla… así después le toque recoger el mierdero con la mano.

Todo, es aprendizaje y eso nadie se lo quita.