Vol 4. A mí también me hicieron bullying, pero en mi época no se llamaba así

¿Saben de qué me di cuenta? Yo era muy moderna desde chiquita. Tan moderna, que ese famoso bullying del que hablan hoy en día, yo lo viví en el 97.

Antes de empezar a leer esta historia, tómese unos segundos, mire la foto que acompaña este post, y ríase. Porque la verdad, la primera vez que la vi después de muchos años, a mí me dieron ganas de vomitar.

En plena adolescencia, en esa etapa en la que a uno todo le parece mañé, que le da pena tener gripa mocosa o andar mal peinado por ahí, me encontré “semejante perla” escondida y en forma de, no 1, si no 3 fotos tamaño documento de una niña que parecía más un meme que alguien de una realidad cercana.

¿Mi reacción? Agarré sigilosamente las fotos, elegí un lugar oscuro y silencioso de la casa y empecé aceleradamente a rasgar como pudiera ese material secreto.

Pero como dicen popularmente: “Entre cielo y tierra no hay nada oculto” y doña Margarita (mi mamá), me pilló!

Ella, con un algo de burla mezclada con ese particular amor de madre, fue hasta su cuarto, buscó dentro de unos papeles y me dijo: -“Tranquila mi amor, yo tengo el repuesto de esa foto”.

¿Repuesto? ¡Sí!, y déjenme decirles que ya no era tamaño documento si no del módico 30×15, como buena foto de porta-retrato de la nieta quinceañera en casa de la abuelita. Y ahí, mis queridos “amiguis”, ¡nada que hacer! O bueno, les toca lo que me tocó a mí: Reconciliarse con esa imagen y con todo lo que ella representa.

 

Desde que empecé a estudiar, que fue bastante chiqui, empecé también a hacer una que otra pataleta porque me sentía indefensa en un mundo de “grandes”.

Súmele a eso que mi motricidad fina, de fina nunca ha tenido mucho y he sido siempre la especialista en hacer regueros y tropezarme con cosas gigantes. Por último, que por alguna extraña razón, me “gustaba” estudiar, le entendía rápido a la profe y sacaba muy buena nota.

Torpe, nerda y con pinta de meme: El coctel perfecto para no aplicar en el combo de “las populares”

Sin embargo, no puedo quejarme demasiado, pues aunque no hacía parte del grupo de chicas “cool”, seguía jugando kickball en todos los descansos, era la representante de curso y, hasta una de mis mejores amigas, si era parte de ese selecto grupo de niñas a quien todas, por alguna extraña razón; respetan, admiran y temen.

Así transcurrió mi vida en el colegio hasta que, finalizando mi último año de la primaria, mientras estaba sentada en el salón leyendo un libro; sentí que una de mis compañeras de curso caía sobre mí y ponía sus manos en mi cabeza.

De ahí al minuto siguiente, mi sensación fue la de tener muchos “chucitos” de un cactus en mi cabeza y querer rascarme como si fuera a arrancarme al pelo.

Lo peor, era que entre más me rascaba, más sentía que la picazón se expandía en todo mi cuerpo, a tal punto, de convertirse en algo intolerable y tener que salir corriendo a los baños para empezar a echarme agua por montones con ganas de quitar por completo esa sensación de mí.

¿Qué había pasado? … Me habían echado el famoso “pica pica”. La tradicional broma que genera una de las sensaciones más desesperantes y que me tenía con el cuerpo rojo y el corazón frustrado. Tanto, que lo único que hice al llegar a casa, fue darme una ducha mientras lloraba desconsoladamente y me preguntaba por qué alguien había sido capaz de hacerme eso.

Por supuesto, a mis casi 10 años, era una pregunta algo difícil para responder y comprender.

Volví al día siguiente al colegio, algo triste y humillada, para darme cuenta que quien “había mandado” a hacer esto, era una de mis amigas más cercanas: la popular.

Y así, mientras ella sentía envidia porque yo era buena estudiante, yo añoraba ser tan reconocida como ella.

Gracias a este problema, ya no podría seguir más en el grupo con mis compañeras y ambas debíamos ser separadas para evitar mayores inconvenientes.

La decisión, implicó que para el año siguiente yo eligiera un colegio diferente y así, todo mi bachillerato transcurrió en un nuevo espacio y con nuevos amigos. De cierta manera, estaba huyendo a esa situación de odio y rechazo hacia mí.

Por más que pasaba el tiempo, y quise “actuar natural”, por muchos años estuvo presente esa sombra de no ser aceptada lo cual generaba que me llenara de miedos y uno que otro prejuicio a la hora de actuar. A veces, me daba miedo ser yo y que esto implicara no tener cabida en un grupo.

De ahí, que tanto hubiera corrido por rasgar la fotos de esa cabezona de gafitas de la foto.

Fueron muchos años de pelear conmigo misma y con quien era… y para muchos, este tipo de acoso escolar, o bullying, se convierte en la razón para desear no vivir más.

Hoy, puedo decir que ya me reconcilié con la parcera de la foto y verla me genera demasiada ternura y risa. Tanto, que dejé la pena de aceptarla como un pedacito de mí y por eso me decidí a compartirla con ustedes.

La vida es amar-i-lla, y eso, implica una aceptación total por quienes somos y los procesos que hemos tenido para llegar hasta aquí

¿A vos, qué te falta por abrazar de lo que sos?

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *