Vol.5 – Mucho gusto, Fernómeno (parte 1 de …un montón)

…Si que es difícil volver a empezar, y hasta con los más sencillo o con esas cosas que decimos que nos apasionan tanto.

 

Volver a escribir después de 4 semanas en las que asumí que la gente andaba de vacaciones y con poco tiempo de leer, después de 4 semanas en las que he tenido más trabajo que un chucho y siento que no me alcanza el tiempo, después de 4 semanas de pensar y re pensar, después de 4 semanas en las que he tenido una montaña rusa emocional de ánimos y desánimos (he estado más mujer de lo usual).

Vuelvo a empezar y decido que, sea como sea, seguiré compartiendo porque es ese darse el que da sentido a la vida, a mi vida.

 

Hace poco, alguien a quien quiero y admiro mucho, me dijo algo que viene retumbando en mi mente y por eso lo repito como una lora: “El 2016 es el año de la consolidación”. Así que ahí, en primera fila, están esos sueños de siempre y esas cosas por las que cada día abrimos el ojo con un brillito especial.

¡Bienvenidos todos a este nuevo año de compartir! (con un buen deseo de mi parte, que tiene la módica suma, de 20 días de retraso en el calendario.)

 

Así que volvamos a empezar…

 

¿De dónde salió esta mona?

(Y no me refiero a literalmente, porque ya sabemos de dónde sale uno)

 

Pero voy a empezar con lo básico:

Esta mona salió del amor de un señor que se llama Darío Gómez, que no canta; y una señora llamada Margarita Aristizábal, que es la dulzura hecha mujer.

Él, decía que nunca se iba a casar, y hasta tenía un poema al respecto:

“El hombre que se casa, se declara prisionero, sin saber lo que le pasa, pues va a ‘toriar’ un avispero”

Pero, “el que escupe pa’ arriba…” Y así fue como, no sólo se casó, sino que tuvo a 4 muchachitos. Entre esos: ¡yo!

 

Por ahí, a veces me dicen: “¡jmm! Usted con esos ojitos, no parece de aquí” y yo les digo que soy de oriente, pero el antioqueño, y que la colonización europea en esa zona fue tan verraca que si usted, se asoma por allá, hay un montón de ‘monecos’ y ‘oji claritos’ de cachetes rojos, caminando en medio de las montañitas.

 

Me bautizaron como Luisa Fernanda, pero creo que sólo me decían así cada vez que me iban a contar que había una zarzuela con el mismo nombre. De ahí, los derivados reales fueron: Lucha, Luchi, Luchita, Luisita, mona.. y de seguro, otros tantos de los que ni me acuerdo. (Aunque prefiero que me digan Fer o Amarilla)

 

Recuerdo que de niña, mi “don especial” era el de imitar acentos. Así que en mi familia, en vez de decir: “Miren como baila/canta de lindo la niña”, decían: “Hable como un mexicano, hable como un gringo, hable como un peruano, hable como un español” y yo, en “modo loro”, repetía y repetía haciéndome pasar por la más talentosa.

 

Aunque, pensándolo bien, debo reconocer que también tenía talento para orinarme en clase. Así como cuando mi profe de primero no me dejó ir al baño a pesar de mi insistencia y sólo me dijo: “No puede salir del salón, y si no se aguanta, orínese ahí”. Y como yo, he sido usualmente muy obediente, abrí las piernas y dejé que el “agüita amarilla” se asomara debajo de mi falda y saliera rodando “pierna abajo”.

 

Al principio de mi adolescencia, siempre fui muy flaquita y chiquita, incluso, estaba por debajo del promedio de mis compañeras así que me tocaba en primera fila, lo que encajaba en buena forma con el hecho de ser medio nerda.

Usualmente, mis amigas empezaron a tener novios como desde los 11 ó 12 mientras que yo hacía parte del combo de las más cuidadas hasta en las salidas a la esquina y mi primer novio llegó después de la cantada de las “Quince primaveras” y su “(…)Despertarás siendo mujer mañana”.

De ahí, final del colegio, elección de carrera para estudiar, uno que otro novio y medio drama casposo y un vida bacana, pero con un montón de miedos e inseguridades que se iban alimentando por mis decisiones, en lo que vivía, y elegía para mi entorno.

 

Durante estos últimos años, y creo que me refiero sobre todo a los últimos 3, viví muchas experiencias y cambios que me han llevado a resignificar y comprender mi mundo y la forma en que lo veo.

En medio de todo eso, alguna vez quise también cambiar mi look como una exteriorización de la revolución que andaba viviendo internamente y mi elección fue tener “pelo de fuego” con un color intenso que, de seguro, no pasaba desapercibido.

Dentro de los comentarios hechos por ese cambio, un amigo me dijo que encajaba perfecto conmigo, que era un “amarillo llamativo que mostraba pura luz” (aunque era más bien naranja pero yo sé que los hombres no son buenos para identificar colores)

Y a mí me quedó sonando tanto eso en la cabeza que empecé a buscar cuál era el significado del amarillo y qué podría representar en mi vida.

Felicidad, inteligencia, creatividad, luz, brillo… las cosas que deseaba más fuerte para mí estaban representadas en un color: El de las caritas felices, el del sol, el de las estrellas… Definitivamente quería una vida amarilla y me lo repetía constantemente. “amarilla, amarilla, amarilla”. Me lo repetía más lento: “A-ma-ri-lla, a-m-a-r-i-ll-a” hasta que entendí – así como de seguro muchos lo identificaron también y lo han dicho- que la vida es amar- i-lla = AMAR y ya.

La base de todo, lo simple aunque no sencillo, el mandamiento principal de un maestro de vida: El amor!

 

Y es esto también lo que me tiene acá… sin importar en el espacio físico que he estado mientras escribo o en el que estés mientras me lees.

 

 

¿Mi deseo? Conectar. Por eso comparto historias, pensamientos y un montón de cuentos.

Y aunque ese asunto de ponerse a escribir o “inspirarse” a dejar por escrito un montón de cosas, sea increíblemente complejo; espero que siempre que las lean sientan que hay algo que los identifica y relaciona. Además, que quien ya me conoce, sepa que en medio de esto, ‘ahí estoy pintada’.

No pretendo nada diferente a ser yo. A dejarme leer y a que todos se lean en cada una de estas historias, las de fernómeno y la vida amar-i-lla.

 

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