Vol. 9 Buscamos sedación, necesitando sanación

Se va acabando este año, y tal como suele hacerse en la mayoría de empresas (o proyectos), empezamos a evaluar los resultados.

 

Qué estuvo bien, qué faltó, en qué podemos mejorar y los tan escuchados “Propósitos del año nuevo”.

 

Está la etapa 1 en la que se hace un “recorderis” de lo que se vivió, de algunas personas memorables, de los momentos que te revolvieron las tripas, de cuando se te “chorriaron” los mocos de tanto llorar, de las personas que se fueron (y no sólo de tu vida, si no también de este plano), de las cosas que ocurrieron en este mundo de manera afortunada e infortunada…

Muchos sucesos que pasan como flashes y que a veces te devuelven incluso la sensación a tu cuerpo como si estuvieras re- viviéndolos.

 

Después de esa primera etapa, entrás en una segunda en la que te preguntás el por qué pasaron ciertas cosas. Y muy seguramente, vas de inmediato en  la zona de “autoflagelo”.

 

Cogés un palo  o un garrote mental, y empezás a flagelarte hasta abrazar fuertemente un sentimiento de culpa, que te genera además frustración.

 

Cuánto por hacer, que no hice.

Cuántos veces (me) dije que este año sí practicaría algún deporte.

Cuántas veces (me) dije que iba a salir con esos amigos que llevo mucho rato sin ver e iba a convertir en “análogos” todo ese montón de saludos virtuales a través de redes sociales.

Cuántas veces (me) dije que iba a leer un libro o iba a aprender algo nuevo que me hiciera sentir renovada.

Cuántas veces (me)  dije que visitaría un nuevo lugar y me “soyaría” el recorrido de principio a fin.

Cuántas veces (me) dije: “Ahora te llamo”, “En esta semana nos vemos”, “Tenemos que cuadrar”.

 

Cuántas veces (me) dije que “iba” … y no fui (ni en el ser, ni en el estar)

 

Y claro, después de semejantes latigazos y pensadera, me hice consciente de algo:

 

La mayoría del tiempo estamos buscando SEDACIÓN.

 

Algo que nos dope, que no calme. Una justificación para no hacer, para no dar el paso, para no ir, para no conseguir, para no avanzar, para no intentar.

Zambullirnos en el agitado día a día que nos pone como frase principal de nuestro vocabulario el: “No tuve tiempo”.

 

Auto- convencernos que siempre habrá un mañana para vivir, pero sentir que nunca hay tiempo para ser, ni estar.

 

Y en medio de esa “carrera”, resultamos corriendo por caminos desconocidos que nos llevan a perdernos. A perdernos de nosotros mismos, hasta el punto en el que ni siquiera nos vemos más.

 

Empieza a doler todo. Empezamos a confundirnos, a angustiarnos, a cuestionarnos profundamente y a sentir como se abren cada una de las heridas.

 

Es ahí cuando tenemos la oportunidad de descubrir, que en realidad, lo que necesitamos es SANACIÓN.

 

Una consciencia que hace que recordemos todo el montón de asuntos sin resolver, de perdones sin dar o recibir, de hechos sin agradecer, de cosas sin regalar.

 

Pesos que se acumulan en los hombros y que se convierten en una carga tan pesada, que no permiten avanzar.

 

Por eso ahora, entro a la etapa 3. Esa en la que generamos los propósitos para el año que viene, y yo, ya tengo el mío:

 

Quiero reemplazar sedación por sanación

 

Quiero sanar para fluir, sanar para sentir, sanar para saborear… sanar para realmente vivir.

 

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